Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Felación


Primero la mirada.

Él siente que la malla perfecta en la que está recostado es una red sutil.
Ella, desde su rincón, permanece agazapada.
Espera que él se adapte a esa cama infalible que ella le ofrece como una tentación adherente en la que lo mantiene, febrilmente agitado.

La mira otra vez y ella estira sus uñas.

Avanza de a momentos, observando como el cuerpo sujeto se estremece una vez y otra y otra más, acelerando el tiempo en el que no se producen los contactos.

Vuelve a estirar sus uñas y lo roza. Lo acomoda a su boca y en los ojos de ambos, los dos se multiplican.

Luego, le hunde en el vientre los quelíceros y se bebe su jugo.
La tela de araña deja de vibrar.

(De : Nueve escenas de sexo - Microcuentos- ed. 2008)

Medianía


a veces sería justo un “andate a la mierda”
     y sin embargo
     a media agua oscilo en no ofenderte ni herirte ni humillarte
     - de paso no dolerme -
     porque después la astilla en el dedo de todo
     duele más que la voz
     más que el dolor que duele
     y duele más que el alma que se calla
    
     si te mando a la mierda
     es como si me mandara yo mismo a freir churros
     despreciativo en mi fragilidad
     y tarado y obtuso en mi desprecio
    
     no creas que nunca tengo ganas
    
 más de una vez 
las ganas me suben por los dedos
     me comen la palabra
     y hacen islas en el mar-del-amor
    
     naufrago a veces en estas broncas áridas
     que tus estupideces me subliman
     como gritos de guerra en un libro de Historia Universal
    
     soy simple como un asno
     tozudo como un asno
     y autodeterminado como un asno
    
     y no tengo cosquillas
     como todo buen fósil
     que exhiben los museos de lo sobreviviente

     aunque entre tantas cosas que aprendí

he aprendido a decir
     te quiero

Marejada

Trasmallos


Atarrabia tenía pocos complejos, por no decir ninguno. 


Se había aceptado como era y trataba de mantenerse de la manera en que se había aceptado, sin agregar cuestionamientos extras que le entorpecieran excesivamente el continuar viviendo.
Eso fue lo primero que Aparición Valerosa notó en el hombre que se había quedado observándola trabajar con las redes como si “tejiera un ajuar para incontables novias acuáticas y verdes”, según le dijo él cuando ella la preguntó por qué la miraba como miran los niños cuando se les cuentan cuentos.
A Aparición, la respuesta le pareció romántica y sonrió como un nudo pequeño que se le deshiciera en los labios, halagada.
Lo miró allí, mirarla sin hablarle lo mismo que los niños cuando escuchan cuentos, y levantó los ojos de la trama delgada y milagrosa.
Evitó decirle que la bebida aquella que él había traído le daba como una sensación de sequedad en la garganta y la mareaba más que cualquier otra, por todas esas burbujitas jugando a metérsele en el cerebro a través de la nariz. Tampoco le dijo nada del collar. Lo aceptó con una sonrisa de alegría, como si lo hubieran fabricado otras manos que no fueron las suyas.
Valoró el gesto de que aquel hombre raro, violento y silencioso, quien era capaz de nadar hasta el infinito y regresar de él según veía ella todas las mañanas, estuviera tratando de enmendar haberle dado el susto de su vida.
Le preguntó si él nadaba tan lejos para buscar el sol cuando nacía y lo escuchó decir que quizás, en otro tiempo del que él no conservaba la memoria, seguramente había sido un pez o un ser marítimo de las profundidades que los hombres continentales no conocen y por eso el mar lo llamaba de una manera tan exigente y poderosa.
Ella imaginó que él era un sireno y que, como el de su sueño, se había quitado la cola de pez en algún lado y ahora corría a todo lo largo de la playa, todos los días, porque había olvidado el lugar exacto donde la cola estaba y no podía encontrarla. Por eso, también volvía desde mar abierto, todos los días, de regreso a la tierra, para encontrar su condición perdida.
— Tu no le estás debiendo platica a don Marcelino.- dijo, en cambio, pensando que un sireno no tiene deudas encima de la tierra.
— No sé quién es el tipo, de verdad...Tampoco sé por qué me está siguiendo.
Antes de optar por disculparse con Aparición Valerosa, Atarrabia había preguntado por ella a algunas gentes con las que el día a día había conseguido crear cierta confianza.
El oficio le había enseñado a preguntar y a reconocer a los que hablan porque les gusta sentirse escuchados y sueltan, sin advertirlo, todo lo que el que pregunta quiere saber.
Así, fingiendo un interés que todavía no tenía despierto, supo que entre los hombres de don Marcelino Istillarte estaba Saverio Salazar; que Aparita vivía sola y le gustaba estar sola y que todos consideraban que era como un ser del agua, entre lo mágico y lo inefable; que don Marcelino Istillarte si bien favorecía a mucha gente, despertaba cierto resquemor sordo que nadie se atrevía a definir; que era un secreto a voces que detrás de él había negocios turbios y que tenía amigos gringos con los que nadie se quería encontrar de frente; qué nadie sabía a ciencia cierta de qué rama del comercio se ocupaba, pero que no se podía entrar a su propiedad sin invitación, aunque él se metía en la casa de todos para comprar aliados.
Después de varios tragos en el bar de la mulata de senos amelonados, Atarrabia tenía sobre Istillarte y sus asuntos, tejido un trasmallo tan fantástico y primoroso como los que miraba ahora tejer a Aparición Valerosa, con el sol masturbándose en su cabello ensortijado y libre que crecía en la luz como un mar negro y suave, hecho de plumas de cuervo y de carbones, brevemente encendidos.
No resistió la tentación de aquel pelo de viento y extendió los dedos, rozándolo en el aire.
Ella no se movió. Alzó los ojos garzos, igual que si llevara una vida esperando ese gesto.
— ¿Te asusté mucho? – preguntó él, dejando en paz al gesto y al cabello, retrayendo la mano como si hubiera tocado algo indebido.
— Me he llevado otros sustos...- confesó ella, entre nudo y nudo — La vida es casi una sucesión de sustos... Imagina, chico, la alegría es un susto que se ríe.
— ¿ Tenés alguna idea de por qué, este tipo Istillarte...?
— Querrá cazar un sireno...¿Qué otra cosa puede querer el hombre? Si no le debes platica ni otra cosa ni tampoco le conoces en persona ¿qué otra cosa puede querer que cazar un sireno?

(Fragmento de la novela)

Postrimería de la identidad


Uno está en el camino de los dioses
y te cierran la puerta sin aviso.
Llega el portero y cierra, pone llave
y te echa como a un perro insulso.

Uno saca los dientes en la calle
y muerde las veredas y los templos,
muerde las manos,
muerde lo que encuentra,
la basura podrida cuando hay hambre,
la boca de una puta cuando hay pena.

Hostil como los dioses
uno reinventa al hombre con los trazos
que le cicatrizaron en el cuero
y es un mapa que habla por el hombre,
un mapa que agoniza sin tesoros
un mapa apenas
de un mapa que da pena
porque está en él, llagado el universo.

Uno crece sin fe y sin fe se queda
sepultado de iglesias en la vida,
en las conchas prestadas,
en los sueños que nunca va a soñar,
en las cosas que gana para otros
y en las cosas que pierde ante el espejo.

Uno es un resto frágil
una memoria altiva pero frágil
una consecución de una esperanza que nunca tendrá hijos.
Es un idioma apócrifo que entienden cuatro legos.
Es una forma dura de lo humano.
Es una tumba antes de ser vida.

Es una porquería...resumiendo
que ha decidido derrotarlo todo.

A-be-ces

Yo jamás me voy sin despedirme
de las deudas que tengo.

Ella espera. Ella aguanta. Ella transita
los páramos sin hombre
como un sutil hallazgo de memoria,
como un presentimiento para pocos,
como el don de entender.

Yo soy unforgettable
unknow, disolated and outcast
pero allí estoy
famélico y estricto
como alef
o disuasivo y dulce como guimel.

A veces uno piensa que ha perdido
la condición de sólido.
Se diluye en los mares que le tocan
igual que los rugidos en la selva
predisponen el miedo
o el coraje.

He aprendido como se entiende todo
y se razona todo
aún más allá del corazón que gime o que palpita
las horas y su engaño.
La razón existe para ser usada
aunque me guste a mí dormir desnudo.

Sé de todas las cosas
aquello que no quise saber de nada y nadie
y ahora el ritmo es en mí
y mis riñones filtran cristales de oxalato
que me rasgan las venas del desastre.

Soy feliz con tan poco como un pez.
Dame agua de mar
dame horizonte
y me volveré un crédulo en tus pechos.

Marejada

Amores po-éticos

Marcelino Istillarte había abandonado las profesiones de mala suerte cuando el nuevo gobierno terminó de quitarles privilegios y sustituyó estos por una exahustiva revisión de cuentas que tenía como destino final el juicio y el castigo.

Desamparado por antiguas manos pródigas y negado más de tres veces por antiguos copartícipes, viendo la estampida de gringos ociosos a los que el nuevo momento político parecía a punto de acorralar contra el mar para arrojarlos a su oleaje, echó mano de sus cada vez más escasos recursos de salvamento de sí mismo y emigró hasta de su identidad.

Buscado como uno más de todos los buscados que el gobierno, tácitamente, había decidido no encontrar demasiado rápido – a pesar de la alharaca montada con tal fin – Marcelino Istillarte, anteriormente, Juan de la Cruz Rojas Mera, alias, “El Gallinazo”, no pensó con demasiado cuidado hacia dónde escapar, sino que la urgencia lo decidió como la urgencia es, atolondrada y resolutiva.

Cualquier lado era mejor que donde estaba, porque donde estaba lo conocían propios y ajenos, de modo que toda lealtad de los propios pasaba a segundo plano cuando el gobierno pedía datos a cambio de amnistías y los menos comprometidos ya habían cruzado la ancha calle de la acomodación para situarse a la sombra, nuevamente, de un poder que en la medida de sus posibilidades, no renegaba de ellos.

Marcelino Istillarte no gozaba de tal prerrogativa, porque su contracción al deber había quedado tan demostrada en todo lo que le tocó protagonizar, que pasó a figurar en las listas negras de todas las organizaciones de Derechos Humanos que cayeron como bandadas de gaviotas sobre los esqueletos abandonados del antiguo régimen, para demostrar que esos huesos que picoteaban desaforadamente y chillando escandalosas, habían sido engordados con elementos pertenecientes a otros huesos de los que no había quedado ni el fósforo para hacerlos arder en las noches del miedo.

Había pedido, como último recurso y cuando ya sentía sobre su sombra la persecución de los vivos guiados por los muertos que debía, una visa para emigrar a la casa de sus mentores gringos que, por supuesto, le fue denegada sin más trámite que un rotundo no, seguido de un sibilino “piérdase”, que Marcelino decidió tomar al pie de la letra.

Buscó, antes de quemar el resto para no dejar constancias, unos papeles de identidad en los que figurara inocente y blando y durante su última noche capitalina, se dedicó a transformarse en ese Marcelino Istillarte que Cabo de los Incendios vio aparecer una tarde magra de gaviotas, con el rubio cabello teñido de un negro lustroso y artificial y una barba y bigotes adheridos con pegamento, que luego, con el correr del tiempo y del crecimiento, pasaron a ser naturales.

A sus antiguos colegas no les dejó ni un saludo y solamente alguno lo escuchó decir que “se borraba hasta que soplara nuevo viento”, cosa que lo definió como pésimo meteorólogo, porque el viento que lo espantó parecía destinado a quedarse por siempre.
Se mantuvo nostálgico.

No había abandonado su profesión por hartazgo, como sucedía comúnmente, sino por fuerza mayor y eso lo mantenía insatisfecho y exaltado, con una melancólica amargura que le impedía la normalidad.

Con el dinero de pagas y pillajes que había recaudado en sus tiempos de gloria, compró una finca poco modesta como para resultar desapercibido, en la que instaló mastines negros en los amplios jardines y desde allí se embarcó en operaciones comerciales que resultaban imposibles de supervisar por cualquier autoridad.

Su presencia de comerciante próspero no trajo ningún beneficio al pueblo.

Cabo de los Incendios se dedicó a ignorarlo durante años como ignoraba cualquier cosa que no hubiera nacido allí.

Esa condición de ajenidad a Marcelino Istillarte le resultó el ideal del respeto.

Durante mucho tiempo no intervino en los asuntos de la comunidad a la que ahora pertenecía, por temor a ser reconocido por algún acreedor de viejas épocas, pero con el correr de la vida descubrió que la gente ignoraba los problemas nacionales y solamente se abocaba a los problemas locales que nunca eran ni graves ni muchos.

Para el resto de sus vecinos, Marcelino Istillarte comerciaba joyas y yuca o pájaros exóticos y trajes de lino. Cualquier cosa que comerciara daba igual si de vez en cuando invertía sus ganancias en pagar rondas de copas que lo congraciaban momentáneamente con el resto de hombres que por las tardes se dedicaba a juegos de baraja en el único despacho de bebidas.

Cabo de los Incendios tenía una calle principal, ancha y arenosa, que bordeaba la plaza central, alrededor de la cual se organizaba la vida administrativa. Capilla, intendencia y destacamento, se enfilaban bajo palmas polvorientas, en un perpetuo estado de siesta, enfrentando a un hotelucho destartalado que nunca conoció mejores épocas que las que lo destartalaron.

No era un sitio turístico, sino más bien, un lugar de retiro para espíritus que necesitaran de la soledad y del reposo.

La gente se manejaba a pie o en bicicleta, aunque había algunos automóviles de doble tracción y muchos caballos y mulas.

Entre esos vehículos areneros se contaba el de Marcelino Istillarte, negro y siempre lustroso, como un gran ataúd con vidrios polarizados que impedía ver que sucedía dentro de él.

Por esta condición de su vehículo, Marcelino Istillarte fue el primero de los dos en tomar conciencia de que “el otro también estaba ahí”.

El porqué de aquella presencia le quitó el sueño durante varios días en los que no volvió al pueblo.

Aquel otro se le había quedado guardado en la cabeza como una maldición de gitanos.

Todavía lo recordaba como lo había conocido. Un cabrón de coraje, difícil de quebrar por más esmero que pusiera él - munido de toda clase de artilugios provistos por los gringos que lo adiestraron - en destrozarle en el cuerpo la voluntad de resistir y que se le escapó como una sabandija, partiéndole el cuello a varios de sus hombres, cuando el médico entró al calabozo a ver si es que podía aguantar un tratamiento más.

A pesar de que Marcelino Istillarte aquella vez rastrilló el alrededor con la precisión de un topógrafo, el maldito se había evaporado, llevándose además su propio fusil, regalo de un gringo como agradecimiento a sus tan valiosos servicios y a otro preso con el que compartía cautiverio y del que todavía no se había conseguido acordar el rescate. A nada de todo lo fugado ese día, Marcelino recuperó jamás.

Fue Juan de la Cruz Rojas Mera el que entendió – ya sea por culpas guardadas o por precauciones nunca suficientes – que Marcelino Istillarte corría peligro inminente, con ese enemigo ahí suelto, en un territorio donde no podía estar más que para encontrarlo a él y cobrarle su agonía.

No tuvo en cuenta la cantidad de años transcurridos entre un encuentro y otro, porque el miedo es algo atemporal.

No tuvo en cuenta que el otro había estado encapuchado todo el tiempo en que estuvo bajo su jurisdicción, así que mal podía reconocerlo a plena luz del día, teñido de negro el cabello y cubiertos de barba los rasgos.

No tuvo en cuenta que la geografía era otra, que el mundo era otro y que el otro era otro y no aquel de sus recuerdos.

Regresó a su costumbre de portar armas y decidió que lo acompañara siempre uno de sus capataces, si tenía que distanciarse del perímetro acuartelado de su casa.

Cambió el modus operandi de sus transacciones comerciales, argumentando a sus socios que le parecía que el gobierno andaba en investigaciones sobre esa clase de actividades y prefería tomar precauciones antes de tener que lamentar pérdidas. Como era el mayor accionista y el más vinculado a sectores que favorecieran ese tipo de comercio -  ya que una vez calmada la primera oleada de reivindicaciones, los gringos encontraron nuevos lugares estratégicos desde los que operar sin ser molestados -  sus socios le dieron carta blanca para que el negocio no perdiera ni laboriosidad ni ganancias.

“El Gallinazo”, como en sus mejores tiempos, decidió que el único enemigo con el que se pacta  es con el que está muerto y que esta vez, el cabrón aquel no iba a zafar del destino que los vinculaba a través de la revancha.


(Fragmento de la novela)

Marejada

 Detalle de apariciones


Aparición Valerosa no estaba mal anotada como Egido Libertario, sino que su apellido, de origen italiano, sufría la triste deformación de una pronunciación relativamente correcta: Valle Rossa, que a los oídos generales de la poca población del Cabo de los Incendios, sonaba tal como todo el mundo la llamaba: Valerosa, con una v pronunciada intensamente, una o larga, honda y heroica y una r apenas vibratoria.

Aparición Valerosa podría haberse llamado Milagros, ya que para el caso representaban uno u otro nombre, la misma extraña circunstancia de su nacimiento. Nació sin que la llamaran, como el último conato del afán reproductivo de su madre, ya entrada en demasiados años como para embarazos y llena de demasiados hijos como para querer más.

Aparición, valga su nombre, apareció cuando su madre cumplía sus cincuenta y cuatro años y se adaptó al ambiente familiar lleno de hermanos, con una soltura de perro y una habilidad superviviente de felino, afirmada en el mundo como una mata resistente y brava, a la que ninguna inclemencia parecía capaz de desenraizar.

A los treinta y seis años era una especie de flor inhóspita que no representaba en absoluto los años que tenía y que había aprendido el arte de las redes al quedar sola como estaba estipulado en su destino de la menor de los menores. Nadie tejía o remendaba los trasmallos como sus manos conseguían hacerlo, de modo que la subsistencia no le resultó complicada y se ganó la simpleza de su vida haciendo maravillas con los nudos de pesca y las hamacas de fibra de coco.

También, con la misma habilidad con que sus manos hilaban los trasmallos, había montado un negocio de artesanía marítima, engarzando y encastrando caracoles y conchillas de la muy pródiga fauna que la falta de progreso continuaba permitiendo reproducirse en Cabo de los Incendios.

Una vez al mes, uno de sus hermanos llegaba desde la civilización y llevaba toda aquella orfebrería natural a los lugares turísticos. Ganaba, así,  en una tarde, lo que en Cabo de los Incendios le hubiera tomado un año.

Aparición vivía acompañada de sus cosas.

Reproducía hábitos sin esperanza como un dulce modo de estar sin contacto con nada y en presencia de todo.

Sus hermanos, lejos o muertos - que según ella, era otra forma de lejanía - no la recordaban ni en las fiestas religiosas ni en los bautizos del ejército de sobrinos.

Solamente el vendedor de collares llegaba puntual el mismo día de todos los meses y le dejaba las ganancias compartidas y retiraba los nuevos abalorios que liquidaba a muy buen precio entre los turistas ávidos de souvenires tropicales.

Aparición no quería saber de otros lugares, ni siquiera cuando él le proponía mudar su espíritu artesano a sitios más redituables, donde la gente que está de paso, gasta más de lo que le importa en llevarse tonterías que no le sirven para nada.

Aparición sonreía con su boca de pez y comenzaba a pensar en otras cosas que no quedaban más que a su alrededor.

Durante mucho tiempo la había perseguido el sueño aquel que la marcó con los dolores, el día en que el amanecer la sorprendió con una explosión de sangre que le chorreó igual que chocolate aguado por los muslos y embadurnó la hamaca y el suelo.

En el sueño, ella estaba juntando conchillas en la arena espejada, cuando sus ojos vieron llegar desde mar adentro - desde tan mar adentro que era imposible que quien llegaba nadando no fuera un hombre pez - a un ser casi de agua, brillante como un lustre de aceite sobre una superficie de madera, con el sol poblándole los hombros y esa condición - que ella bien sabía reconocer de tanto oír historias - propia de los sirenos.

En el sueño, el hombre pez salía del mar, desnudo como un niño tallado en el tronco de un árbol. Seguramente había perdido su cola de sireno, mientras se transformaba para alcanzar la arena.

El cabello mojado se pegaba a su rostro y a sus hombros y el mar entero le cimbreaba en el suave tumbao del andar, como una condición de ya no tener cola y pisar con dos pies la arena reluciente.

En el sueño, el hombre que era pez y ahora era hombre, se le acercó tan cerca que ella sintió en toda la piel y en los pezones que se le endurecieron como caracolitos, los ojos. Eran dos ávidas piedras encendidas que se montaron sobre sus decisiones más primarias, como el cuerpo de madera mojada se montó sobre el suyo.

Entonces despertó. Entre retorcijón de entrañas y sangre que corría, despertó adolescente, para siempre.


(Fragmento de la novela)

La casa de palmas

El comandante descubrió la casucha de palmas el día que decidió asegurarse de poder unir - sin más que un esfuerzo parecido a otros esfuerzos – los dos extremos de la playa, con su liviano y cronométrico trote de maratonista.

Por una cosa o por otra cosa, aún no había emprendido aquella particular y perseverante correría, en la que el pelotón se embarcaba casi al amanecer guiado por un sargento al que correr kilómetros y kilómetros a la par de una manada de feroces animales bípedos, no le hacía la menor gracia. Pero prevalecía en el hombre moreno, más bien retacón y repujado de intemperie como un grabado sobre cuero, su inquebrantable dominio de la sargentería, casi una devoción al grado que había conseguido alcanzar como fiel exponente de lo que un suboficial que se precie, debe ser.

Como aquellas cosas que salen mal, destinado a llamarse Egidio, fue anotado como Egido, nombre del que no renegó, aunque todos condescendieron a su alrededor en considerar un despropósito que alguien que se llame Libertario de segundo nombre, lleve Egido por primero y, como en un acuerdo tácito que ya venía firmado, lo rebautizaron con su nombre original: Sargento Mayor Egidio Neves Gálvez, aunque terminó siendo “sargento” para toda la humanidad con la que le tocó convivir desde que abrazó la carrera de las armas.

El comandante, por otro lado y por una cosa o por otra - de todas las que surgían - no había podido integrarse esta vez al grupo del sargento o, mejor dicho, no había podido ocupar el lugar del sargento en el largo momento de los trotes, rol que ambos intercambiaran gustosamente tiempo atrás, sin perjuicio del rango del que azuzara a la tropa.

Neves Gálvez había aceptado la propuesta sin ceremonias. El comandante solamente le notó el beneplácito en la sonrisa que el hombre no pudo disimular y que sin sonidos, igualmente sonó a ¡qué bien que le guste correr a usted! 

Desde aquel momento, llevaban adelante la disposición, excepto, como esta vez, cuando la táctica protocolar reemplazaba al desempeño en campaña.

Por eso el comandante había decidido hacer el trayecto en solitario. Medirse contra el trayecto y forzar las distancias, en el convencimiento de que la edad no era para él un impedimento físico sino un reservorio mental de vivencias que lo hacían rico y poderoso en acúmulos vitales.

Si sabía vivir o no, eran cuestiones que los otros se hacían, sobre si necesitaba ya un descanso, un haber jubilatorio y menos problemas dentro del corazón y la cabeza pero que él no se planteaba ni parecía dispuesto a plantearse en los años por venir.

En estos pensamientos iba embarcado, cuando sus ojos registraron dentro del paisaje algo que no habían registrado en el previo pasaje por el mismo lugar.

Le molestó el hecho de que la casa de palmas estuviera allí – parecía estar desde hacía buen tiempo – y no haberla advertido de ida hacia un extremo y sí, de regreso hacia el contrario.
Esas cosas no le sucedían precisamente a él, dotado de una memoria cuasi prodigiosa, que mantenía en un registro fidedigno prácticamente todas las cosas que iban ocurriendo y parecía diseñada para apropiarse de los detalles ínfimos de las vidas y circunstancias en las que el comandante estuviera destinado a participar.

De tipo observador y poco locuaz, invertía en memoria lo que ahorraba en saliva, así que resultaba un archivero de mucho cuidado para las cosas de deudas y errores.

Curiosamente, su memoria dejaba escurrir como arena cualquier cosa que emparentara eficazmente con afectos o emociones tiernas. Eso no se guardaba en ningún anaquel, ni siquiera en los del corazón, más que como una neblina grave que el comandante podía desbaratar – llegado el caso – con un golpe de mano, similar al que se da para quebrar la tela de una araña.

Disminuyendo involuntariamente las revoluciones centrales de su trote de maratonista incansable, notó que la casa de palmas le absorbía los ojos como un truco de magia que lo sorprendiera en total indefensión.
Desde muchos metros antes había aparecido visualmente existente sobre el costado derecho de su carrera, igual que un mojón que señalara los kilómetros que ya llevaba sosteniendo el ritmo.

Conforme se acercaba sin quitarle los ojos – igual que a una posición enemiga – la casa comenzaba a presentar detalles y rincones. Se hacía más y más casa, palmas, hogar, plantas, humo, aroma, café, frescura, hamaca, amanecer.

Pasó frente a la veranda y vio mecerse como suspiradas las cortinas de hilo trenzado, como flecos y nudos que abrieran una puerta invisible y tibia a la persistencia tenaz de sus ojos. 

La mujer que bebía de un pocillo de peltre, reclinada en la abertura de ingreso, le siguió la mirada. 

El comandante tuvo la sensación ruidosa de que aquel contacto visual no se interrumpía, ni cuando ya sus ojos habían pasado de largo a otros paisajes y volvía la vegetación natural de los médanos en los que moría la playa hacia el continente, ni cuando volvió la cabeza para ver si era cierto.

Ella estaba allí, con el pocillo de peltre lejos de su boca, mirándolo alejarse.

A él le pareció que aquella mujer le sonreía.


(Fragmento de la novela)

Marejada

Marejar


Era el mar el que le producía esas sensaciones.

Ese espacio infinito, ancho como debió ser el origen del mundo, vasto y desarraigado de todas las cosas, redondo como lo que es absolutamente perfecto en su lisura, estaba allí, extendido animal plácido al que nada le importa de otros seres. Estaba allí, con esa pacífica laxitud atemporal que otorga a lo superior la ignorancia de su superioridad.

Después de racionalizar las sensaciones, fue que giró los ojos para que la playa se pusiera tan larga y tan ancha como el mar que había estado analizando un rato antes.

Lisa e interminable, amena, demorada de un viento apenas marítimo, apenas terrestre, era imposible determinar si terminaba en algún punto desconocido del planeta. 

Era otro animal, dorado y poderoso, que también dormitaba a la espera de nada.

Pero él conocía muchos mares o – pensó después – lo que conocía realmente eran los diversos humores de ese solo animal que, allí y ahora, le lamía los pies despedazados, como un dócil perro acuático que llegaba desde muy lejos a reconciliarse con su dueño.

Se había descalzado como un niño que intenta aprehender los siglos por los pies, porque los siglos se aprenden y aprehenden por los pies, que son aquello del cuerpo que siempre está en contacto con la piel de la tierra.

En realidad, el pensamiento romántico no le causó gracia, porque su romanticismo no era la más representativa ni favorable de sus facetas, así que inmediatamente corrigió el tipo de pensamiento. Se había descalzado porque las botas le despedazaban, como siempre, algunas partes del empeine que nunca formaban callosidades protectoras, quizás, porque siempre estaban en carne viva y se les pegaban las medias. Al quitar éstas, arrancaban con ellas la costra macerada y la llaga regresaba a su lugar.

El animal de agua le acarició el dolor con sus múltiples lenguas y lo llevó a otra parte, suavemente.

Él había aprendido los horarios del sol por sus propias mareas interiores, así que estipuló que era poco menos de las seis de la mañana y que el día se presentaba dulce, si conseguían conservarlo así.

Terminó de quitarse el uniforme como si fuera caparazón ajena. 

Sanamente desnudo se apoderó del mar y se internó despacio en el oleaje, mientras le renacía en la frescura el instinto de pez, ávido y libre.


(Fragmento de la novela)

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Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

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Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe