Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Tawergha


La derrota plantea una contraofensiva y se viene sobre las avanzadas que no se han hecho fuertes en las pequeñas líneas cómodas. Plantea una contraofensiva, ataca, vence. Como siempre.

La derrota regresa, indestructible, porque los espejismos de placer son eso, imágenes que la realidad rompe, sólo imágenes que la realidad rompe. Lo que existe es esa impunidad, ese no cejar ni dar tregua que tiene la amargura.

La derrota ya se ha establecido en el territorio del destrozo, del que siempre la calma es exiliada y no encuentra refugio en otros agujeros para seguir latiendo, sosteniendo quimeras, cantando alguna vez como los niños. Antes de la calma, escapó la alegría y no regresó nunca.

Se puede ser muy calmo aunque no haya alegría, porque la calma es algo racional, que se construye en base al ejercicio de soportar los sufrimientos y seguir allí. Es duradera, resistente, estoica, porque para eso es que la calma fue diseñada. Para permanecer en un estado de inmutabilidad que se agiganta conforme se acumulan deslaves sobre ella. La calma es una condición imprescindible frente a las intemperies.

- La alegría siempre está prestada. Es ganado de otro.

מכתב

yo le tenía cariño

la quería

igual que los boludos aman las cosas frágiles

las cosas lindas

las cosas que no existen


pero en mi mundo

querer es imposible si se quiere vivir


no hay concesiones

no se pasan fronteras

se aceptan los decursos de los mapas

que están hechos de límites


en mi mundo se calla

se hace la vista gorda

si se ama se omite

o se pasa de largo

si se pretende durar en el momento


así que la quería

mansamente

abusando de mis propios códigos que podría quebrar

por aquello que tiene la impunidad de sacra


pero no quebré nada


podía irme a las Fidjis

ejercer el consuelo

hacerte de tu todo


pero no quebré nada


permanecí en respeto como un león efímero

ese animal hostil que mira y calla

ese silencio incómodo

que sabe desde siempre los secretos


y dije

simplemente como soy de simple

no me invadas si yo no te invado

porque conozco el éxodo


no te olvides que yo ya nací en diáspora


Fidjiana


jamás elegiría ser Ulises
porque su personalidad me pone en guardia

quiero volver al puerto como vuelvo
un día hecho pedazos
otro sano
otro huraño y maligno
otro patético

quiero volver al puerto como vuelvo
desde mi yo más íntimo
con mis edificaciones
mis destrozos
mis no ganas de hablar sobre las tumbas
o sobre el hambre
o sobre si escribí

y vos
callada como un símbolo
intacta como el tiempo
edificable como la templanza
estás ahí
perpétuamente hembra inesperada
que espera
sin decirlo
ni gritarlo
ni hablarlo
ni callarlo

sos el hecho que escribe mis memorias
el que escribe mi herida
el que versa mi rabia
el que sabe de que color orino
y el que puede
traducir mi silencio en un gran canto

sos lo que existe
de este yo que aún existe entre palabras cortas
y entre silencios y oquedades y armas

la traducción del día de mí mismo
mi punto cardinal en la negrura
y la vela del dios que hace milagros
en el mundo de espaldas

Diario somalí

Efecto Somalia en sombra.


Han vuelto los eclipses.

De nuevo los eclipses, piensa que balbucea, mientras la gasa o el algodón húmedo se desliza sobre los labios cuarteados como una sola gota que no alcanza a beber, porque no alcanza su contenido para que él la beba.

Han vuelto los eclipses. Hay luz y oscuridad que se intercalan fugaces en sus ojos. Estallidos de luz le hieren de pronto el centro del cerebro. Y acontece la sombra.

Han vuelto los eclipses. Y los labios buscan desesperadamente otra gota de agua que demore sobre la lengua hinchada su presencia. Y otra gota se filtra, sola y única, hecha toda de sed que la evapora antes de que le llegue a la garganta.

Han vuelto los eclipses.

Una mujer oscura se pudre a su costado, con un niño esqueleto prendido de una teta que ya no tiene leche. Huele a defecación, a mucho pus, a cosa descompuesta desde adentro.

Sobre el otro costado hay un huérfano inmóvil, con una sonda nasogástrica metida en su nariz y un sachet de alimentación vacío, que aún cuelga sujeto por un hilo, de uno de los parantes de la carpa. Ha muerto en la mañana y nadie lo ha notado. Solamente las moscas. Se le introducen en la mirada, desorbitada y nebulosa, buscando que comer. Se le meten en la nariz y en los ojos y de entre sus labios abiertos, salen moscas gordas, zumbonas, verdes, que pasan a otros cuerpos.

Han vuelto los eclipses, menos mal.


(julio-septiembre, 2011)

Diario somalí




Sindrome post traumático.



- Hola, tío...¿Cómo estás? ¿Quieres hablar?

Un viento suave mueve los recortes de la carpa y el afuera se transforma en un juego, un palpitante hilo de candiles que humea formas.

Tengo ambas manos cubriéndome la cara.

- Yo no sé hablar.- respondo, a esa sanitaria solicitud de médico que ella me expresa, desde la puerta por la que entra el aire hecho de carne descompuesta y fresco.

Me muestra una botella de agua marca ONU y sonríe.

- Anda...échale un trago, tío...que parece tu primera vez. Deja de maltratarte, que eres guapo y te pones muy feo. Hiciste lo correcto ¿a qué más vueltas? ¿O me querías ver muertita, di? Vamos, hombre...que de ser por tus colegas, ahí me quedaba yo sin irme al cielo, que si debo follar, pues ha de ser con alguien que me ponga y no con una horda completa de chimpancés con rifles.

Consigue que me ría.

Es el tono español, el desenfado, la botella de agua que parece rellena con luciérnagas y que ella mueve con gracia por el aire. Brilla el agua como un tesoro húmedo, encendido a la pequeña luz de los faroles que apenas nos alumbran.

- No había otra salida, tío...anda. No puedes hacerte cargo de lo loco del mundo. Has puesto dos cojones y lo has resuelto..que de no ser así, pues mira, nadie contaría el cuento aquí y ahora. Y para más males, nadie nos enterraría, tampoco. Anda que...buen panorama ese de quedarse allí, todo comido por los pajarracos ¡ea!

- Para mí es muy duro matar pendejos, Doc. Siempre.

- Anda...que ya lo sé...pero mira, no vengo aquí por ti, que al cabo eres tan seco que das repeluz ...Vengo por mí ¿sabes?.. Porque yo tengo miedo. Tengo mucho miedo. Tengo malos presagios aquí adentro.

Angélica Miralles señala un espacio en su camisa, entre los pechos y yo le hago un espacio en el catre y en mi cuerpo, al que ella se acomoda con la misma silenciosa exigencia de los húerfanos asediados por la oscuridad.


(julio-septiembre, 2011)

Diario somalí


Días de transa

Vivimos una vida provisoria de la que aprendimos a espantar el momento del sueño.

Vivimos una vida provisoria, en un campamento provisorio que está lleno de gente provisoria, junto a un hospital-carpa provisorio, donde la muerte se hace definitiva, como el hambre o el desabastecimiento.

Nada llega porque no llega nadie más que esos que nos habitan alrededor y que alguna vez fueron seres y que, equivocando el adjetivo, se acercan a un sitio que ellos consideran promisorio.

Desaprovisionados, desprovistos, hemos enclavado otro poco de miseria en el medio de la planicie de la desesperanza, esperando que los “socios locales” deriven este bagaje de vacío hacia un lugar en el que, al menos, haya agua.

Somos un hábito de moscas que camina o se arrastra o se mantiene quieto, para ahorrar las fuerzas por si hubiera que resistir una avanzada que caiga de sorpresa a robar la miseria, que es, paradójicamente, lo único que tenemos realmente.

Enterramos difuntos todo el día.

Ya no hablamos siquiera entre nosotros.


*

Conseguimos que parte de una unidad de Burundi se quede con los médicos.

He aquí la ironía. Antes íbamos humanitariamente a salvar a Ruanda y a Burundi y ahora, ellos están aquí, representando a la Amisom, como si hubieran evolucionado y ya no tuvieran tragedias.

En principio les pedimos escolta, pero se negaron. Evitan los enfrentamientos cuantas veces pueden, porque aprendieron que todo es tan inútil, que mejor evitar el hecho armado.

Igualmente negocian con nosotros que de lo que sobreviva a los retenes ya sea del gobierno o de Amisom, ellos van a tener un porcentaje para vender en el mercado negro, y quede monetariamente compensado el favor de quedarse un rato por aquí a cuidar este pequeño cementerio.

No nos sorprende, porque lo hemos visto repetirse bajo todas las siglas humanitarias del planeta. Es algo que está en todos los contratos a donde vaya una fuerza de paz. Siempre hay una parte de la ayuda que se desplaza hacia el mercado negro, compensatoriamente al hecho de venir a perder la vida en un territorio irredimible.

En todas las guerras, cuando tuve sed, conseguí en la calle y por algunos dólares, una botellita de agua mineral que decía UN.

Comer en este lugar me da vergüenza.

(julio-septiembre, 2011)

La palabra a(r)mada 15ª

Yihad
Ya no tengo recuerdos.
El mundo se acurruca, empequeñece, y me voy hacia adentro, igual que un cáncer, a comerme la manera y la víscera.
Me hago tumor maligno que se extiende hacia mis puertos salvos más remotos y a mis puertos de paso, inexorable plaga que toma posiciones en lo que me es más íntimo y así, me lo arrebata.
Perdí el bien no sé dónde, si lo tuve. Quiero creer que alguna vez no fui tan maloliente, ni pernicioso, ni tuve estos ojos rapaces que no entienden más que de carne muerta o magullada y que mis manos, estas manos de pólvora famélica, te llevaron caricias al cabello. Alguna vez tu boca me hizo hermoso.
Eras frágil.
Yo era omnipotente, como un dios diminuto al que le dieron matar por heredad.
La sangre y la paloma no congenian encima de los mapas. Seguramente por eso te volaste de estas costas hachadas y anfractuosas, molidas por un mar irremediable cosido con naufragios.
Buscabas catedrales en mi boca y yo escupía muertos sin campanas.
La muerte es un remedio, me dijiste. Y yo dije: lo sé...con el practico la curación del mundo y su miseria y, aunque no creas, también rescato gente entre las balas.
Así fue que me dejaste solo.

(De: La palabra amarrada)

Diario somalí


Escena humanitaria

Dije cuatro boludeces y me tiré los pelos para atrás. Recién ahí noté que al final me habían crecido, como esas cosas idiotas que uno nota en los momentos en los que no hace falta saber eso.

Uno se siente casi un ente infame disparándole al aire, cuando aprendió a matar y de matar hizo su oficio largo. Pero igual, el fusil de asalto repite una estridencia intimidatoria y los que retroceden, ahora pisan a los niños como si no importaran - en donde nada importa - los niños esos, pisoteados ahora, que sirvieron de excusa a la invasión del hospital.

Cuando nos avisaron ya los teníamos encima, como una marabunta de colores que intentaba comerse esta poca esperanza que trajimos a los tumbos, cruzando este interminable cementerio con los camiones ya semi vacíos a fuerza de rapiña y de retenes.

Es la dulce exactitud de lo ridículo.

Entonces, uno sonríe, hace que apunta, grita cuatro palabras en benaadir y algún Allah’u akhbar y la multitud queda en suspenso y tiembla. Queda en suspenso y tiembla. Queda en suspenso y tiembla.

Y uno, que ha disparado, que sostiene las armas, que percibe la sangre, que ve los niños pisoteados y los adultos muertos, sabe, porque lo sabe, que Dios no existe.

- Atrás...atrás...- gritan cuatro médicos, intentando cerrar nuevamente la puerta de chapón y reja y acorralar el desborde del hambre entre las carpas chozas de la estepa, afuera, en el sin mundo.

- ¿Llorás? – me pregunta el japo que termina de tomar un puesto antes de que se repita un nuevo asalto.

- No. Me entró polvo.

- Creo que nos vamos a tener que quedar un rato acá.- murmura él y patea una ojota roja y rota, que ya no pertenece al pie del muerto.

(julio-septiembre, 2011)

After s(h)ave

Hoy me afeité los restos de la guerra, esa barba tribal, desordenada, casi musulmana, que me traje como parte del deber de recordar que entre los muertos estuve casi vivo, pero regresé agónico, larga y humanamente agónico, canceroso del hombre y sus basuras y lleno de los cadáveres que debo y ahora se empujan en mis lugares húmedos para hacerse su espacio en el asedio.

A mí mujer angloetíope le gustaba este after: Vieja Lavanda Fulton. Quizás porque era inglesa, rubia y pulcra como una fotografía protocolar y la lavanda pegaba con esa sobriedad de espiga agraria que tenía su talle diminuto.

Mi hermano, en cambio, odiaba el olor de esta lavanda. A él le gustaban los aromas complejos, que costara encontrar y fueran to much expensive, porque él siempre fue mucho más complejo que yo y lo puso en juego.

Extiendo el after con un gesto perdonador de este rostro gastado, que se va arrugando de miserias y donde todo duele sin remedio.

Pero tengo ojos fríos, tan cansados que se que han quedado quietos y están fríos como si fingieran haber muerto. Esos ojos me miran mientras extiendo el after por el múltiple ardor de las mejillas y se defienden de mis ojos, de estos que no están en el espejo sino en mí, acumulados, aturdidos, frágiles.

Extiendo el after, pero el olor a cadáveres resiste dentro de mi nariz. Suplanta al olor sabroso de la grasa que cruje en la parrilla anunciando el asado de la tropa y suplanta los perfumes violentos de tanto verde al aire, buscando primavera. Suplanta a la lavanda y a la vida.

Me huelo desde adentro y no conecto con el mundo de afuera. Estoy como en un cuadro, quieto y fósil, dislocado de todo, pasajero.
Soy, o supongo ser en este instante, un prolijo y perfumado sobreviviente de toda crueldad.

Retomo mis rutinas.

Diario somalí



Uno va olvidando las cosas como un páramo va olvidándose del agua mientras se resquebraja, hasta que un día ya no la recuerda, ya no sabe nombrarla, ya no sabe qué es. Por eso, quizás, el agua ya no llega. Olvidar es casi un sinónimo de no necesitar lo que olvidamos.

Tampoco llegan algunas otras cosas.

La voz de la esperanza se marchita en un murmullo sepia y uno se acostumbra a masticar polvosas ilusiones que intenta desenterrar con arañazos mientras ayuda a enterrar diez fetos, veinte niños, doce ancianos y otras tantas mujeres.

Uno es la costra de su propio espanto, cubriendo una llaga que rezuma, como si la curara de los huevos de mosca que le crecen adentro.

El cielo se desploma en sus estrellas. Y ese animal muerto queda allí, páramo entero, distancia, sol informe, noche para cavar algunas tumbas, sollozo porque sí, puño de un arma, gatillo que no cesa.

Ya no existe Estambul en mi memoria, no existe Ankara ni Praga lejanísima ni Brujas. Ni volverá Nairobi a sus olores ni habrá otra jupâ en Etiopía, porque pronto no habrá tampoco Etiopía, como ya no hay Somalia.

El mundo es un borrón sin cuenta nueva y aún en el bazar de Mogadiscio, conseguimos una AK por pocos dólares, o una batería antiaérea, que resulta una ganga a los bolsillos.

- Angélica Miralles.- dice ella, que es médico y estrena sus hazañas, estrechando las manos que casi no extendemos - ¿Vais al sur?

Nos apretamos con molestia en la cabina y ella puede subir.

Ahmed arranca.

( julio-septiembre, 2011)

Postales luminosas (diario somalí)

Diario somalí

Efecto Somalia


No me suicido en lunes ni me muero en domingo, piensa, al levantar los ojos y no ver más que un cielo de plástico de bolsita, ondulando.

Pero no, no levantó los ojos debajo de los párpados hinchados o pegados a un momento sin agua, a una hemorragia, a un sueño que se queda adherido como una calco que dice Save to...algo, algo que no recuerda, una mancha sobre el protocolo pegado a alguna caja que también perdió de vista, como ese azar de cosas que se guardan en la estantería de una mente con polvo y de repente les da un rayo de sol.

Mucho sonido como de marea. Quejidos en marea. Peces muertos que se pudren en la orilla de Dios, y se mantienen, allí podridos, descompuestos al aire y con gusanos, sin tumba para peces que se han muerto por no poder nadar en la sequía.

Abandonado ahí, entre los peces putrefactos y vivos y resecos y muertos, los ojos no respondieron al vaivén del aire que iba trayendo ascos y sollozos.


Por momentos, silencios llenos de pestilencia, en que las moscas desovan en enjambre sobre llagas y mocos y lagañas, pueblan la superficie de esa piel de animal devorado de miedo. No existe la amnistía para nadie. Todo es debilidad y un mal hedor, profuso, amortajante, inmóvil bajo el techo de hule que pandea.

Todo es igual y todos son iguales.

Todos están tirados, apilados, como en un basural hecho con lonas donde superponer los cuerpos en el pequeño espacio, semivivos, semimuertos, subhumanos.

Le caminan las moscas por la boca, encima de los ojos, por los restos de jugo en las heridas, urdiendo entre la barba un mes de mugre, buscando que comer en el despojo, atrayente despojo que huele a sangre fresca, a piel rota y por debajo a carne desgarrada donde puedan crecer gusanos gordos.

Pero la fuerza falta, aún cuando la voluntad sea un estrago que intenta todavía moverse dentro de un resto inmóvil, dolorido entre breves espasmos de anestesia, la fuerza no responde a la cerrada cárcel del dolor.

Perder la sangre. Y uno se queda líquido, amorfo, como un charco valioso del que no puede volver a levantarse. Encima esa sangre, sangre de bóveda, tesáurica y espléndida sangre de cuarenta elegidos sobre un mundo que se desangra también en otros ríos que no son secretos como el suyo, que son ríos populares, de todos los humanos, pero que, igual que ese río preciosísimo e inexacto, tampoco llegan hasta el poco de sombra que consigue ese cielo de hule que se mueve como un refugio de banderas rotas.

De esa sangre no hay, dónde vamos a conseguir eso, llega como un rumor que se imagina.

Recuerda o no, una historia fantástica. Quiere decirle a alguien que igual se puede reemplazar la sangre por el agua de coco, pero no tiene boca ni lengua ni sonidos y aquella reflexión es casi un cuento que se quiere contar por no morir ni en lunes ni en domingo ni en martes ni mañana. Y además, tampoco hay cocos ya en el mundo de los muertos vivientes que se comen de noche entre las sombras, unos a otros, y también a él, ahora que está ahí, arrojado entre todos los despojos que subyacen murientes a la sombra del sol de la intemperie.

Después piensa, dentro de la oscuridad en que las moscas que se lo comen vivo han creado una máscara encima de su cara, que llegará un ángel, morado y taciturno, desnudo como un vicio interminable, a quitarle los pensamientos en una cadena de eslabones sucios de cerebro, hundiéndole las uñas en las arterias que le laten en la piel de la sien.

Y quizás sea mejor. Que se lleve la suavidad mortal de esa agonía en que delira como un hecho fofo, hecho todo de-mente, mientras el cuerpo cede al mal morir, entre todos los muertos en racimo con que comparte lonas, moscas, fetidez y nada.

Entonces llega alguien que se parece a un médico y le hunde las pinzas en la herida, como el más metódico de los torturadores.

No es la primera vez, piensa y resiste, como le pide el médico que habla con alguien que no se queda mudo y le sostiene la cabeza para que no se mueva y dice, no te muevas que te van a curar, si eso es curar en el mundo donde viven las moscas y los muertos.


*


Tro-tro-tro-tro




El camión se sacude con la parsimoniosa modorra de un mamut.


El traqueteo del trucksobre la trocha triste trabaja como un trauma transversal, un trasvasar de sol,un tremebundo trote transilvánico, mientras trasunta tragedia la tropatroglodita que hace trepidar de truculencia el transcurrir transido detropiezos a través de un tragaluz por el que, traicioneramente, transpira eltremor del infierno.


Sube polvo a las bocas y se pega en cada gota de sudor. Traza caminos el polvo en las mejillas, baja desde la frente, empapa el cuello, el pecho, las manos debajo de los guantes. Pinta geografías torcidas y brillantes en una estepa impávida que reverbera sobre y fuera del parabrisas.

El cansancio es un polvo repetido, un estallar seco de sol sobre los anteojos que se queman de luz. La ansiedad se entreduerme, se entrecierra, acumulada como un espacio fresco detrás de un ventana inútilmente abierta.

Nos dormimos de espanto, de anestesia, de hambre.

El camión es un ebrio que escribe sobre un bicho. Hace trazos estúpidos, sacudidas espásticas. Tembloroso en su ronroneo, avanza con bandazos impredecibles que sacuden la carga.

Ahmed Mbede va evitando los muertos que los que siguen vivos abandonan allí donde han caído. Pisa algunos que no puede esquivar, y el camión se encabrita con un sonido seco, a explosión húmeda, que termina enseguida. Y luego, más adelante, se repite, porque nadie se detiene en esos caminos. Nadie se detiene, aunque no haya ningún adelante al que llegar.

Hace calor. Es un calor que llaga. Un inmundo calor, conjugado con las toses torcidas de un motor de erres largas y agonizantes, como gemidos hincados al paisaje y que en el fondo, representa la voz de las ensoñaciones que se pueden tener en este sitio.

Pasamos dos retenes. Y ya el convoy está un cuarto más liviano que a su partida y nosotros más pobres en recursos y en voluntad y más ricos en desesperanza.

Ahmed Mbede sigue pisando cuerpos. Con eso se asegura que nosotros, que llevamos las armas, nos mantengamos asqueadamente alertas, porque las emboscadas surgen desde el polvo, desde la transparencia, desde los resplandores, como una jubilosa lluvia de granadas que estallan.

Salir con suministros para la zona centro es ya una empresa que raya lo imposible.

Llegar es un milagro, que el Allah de Ahmed concede pocas veces y otros dioses, ninguna.

No hay nada más que restos en la trocha por la que el truck avanza, trastornado, y lejos de nosotros, truena otra emboscada traidora. Nos despierta, transidos, el estruendo.


Lejos se ven las llamas de la explosión y el humo.

Ahmed Mbede volantea sin dubitar. Tuerce rápidamente el rumbo de la vida y huímos por la estepa, como un gusano de lona, hacia quién sabe donde estar a salvo.

Huímos, solamente, como otros animales perseguidos.

Huímos. Y no hay dónde.

( julio-septiembre, 2011)

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

Chocolate bombón

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

Registrados... y publicados, además.

Safe Creative #1006060192036

Todos los derechos están reservados

Safe Creative #1209172351784

Feria del Libro de Jerusalem - 2013

Feria del Libro de Jerusalem - 2013
Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe